El anillo (Marzo 2003)
Domingo a medio día, final de nuestro encuentro de novios. Un fin de semana que nos dio la oportunidad de dialogar cómo soñábamos nuestra vida juntos. Todo al parecer había sido fluido y yo tenía la certeza de que la última pregunta acerca de si debíamos casarnos, tenía una obvia respuesta afirmativa.
Así pues, el tiempo destinado a redactar mi declaración transcurrió en un mar de ilusiones y contaba los segundos para ir a tu encuentro y compartirte mi reflexión. Llegado el momento, te busqué...
Y te encontré en la capilla con tu cuaderno abierto en una hoja en blanco. No recuerdo con exactitud tus palabras, pero me hablaste de tus miedos, tu incertidumbre hacia el futuro..., y que al final habías logrado sentir paz, pero que no te alcanzó el tiempo para concluir el ejercicio...
Y yo pensé "¡Oh no!, ¿será que se está arrepintiendo?"...
Al final concluyó el encuentro y me hiciste saber que querías ir a un lugar tranquilo para terminar tu tarea. Escogimos el parque Juárez, el cual fue testigo de buena parte de mi infancia cuando mis papás solían llevarme a mí y a mis hermanos a jugar en los elefantes y dinosaurios de piedra, totalmente ajenos a las parejas que solían ocultarse entre la hierba para... disfrutarse.
Te dejé a solas mientras me sentaba en uno de esos animales de piedra. Cuando terminaste, me pediste que cerrara los ojos y comenzaste a leer lo que escribiste. Me hablaste de tus sueños y esperanzas, de lo que deseabas compartir conmigo en el futuro. Y entonces me hiciste la pregunta "María Esther, ¿quieres casarte conmigo?" Ni bien habías terminado la pregunta cuando yo respondí: "¡Con todo mi corazón!", de inmediato tomaste mi mano y deslizaste por mi dedo un anillo... emoción, alegría, certeza y felicidad invadieron mi mente, mi cuerpo y mi corazón. Te abracé de inmediato y comencé a llorar. Habías cargado con el anillo durante todo el encuentro esperando el momento propicio para entregármelo. Y lo lograste, conseguiste llevarme al Cielo en un instante, sentirme profundamente amada y escogida.
Mi madre nos recibió en casa con unas ricas chanclas y partiste rumbo a tu casa poco después. Dormí entre sueños de cuentos de hadas con la certeza de que mi historia contigo apenas iba a empezar. Al otro día desperté y miré en mi dedo la prueba física de mi promesa de unión contigo...
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