Reconciliación
Mayo 2015
Reconciliación
No estamos exentos de los problemas. Nada en la vida es un cuesta abajo o cuesta arriba absoluta. Es una "desarmoniosa" combinación de ambas, que a la vez le aporta belleza y pasión al vivir.
Descubriste mi secreto y yo supe cuando lo descubriste. Al principio sentí terror y angustia pero sabía que había llegado el momento de enfrentar mis miedos y asumir la responsabilidad de mis actos.
Y hablamos, largo y tendido. Cada cual exponiendo lo que en ese momento sentía el corazón: sorpresa, rabia, decepción, dolor, desconcierto, frustración y un largo etcétera de emociones.
La noche fue larga y el sueño no llegaba. Una profunda ansiedad se había anclado en mi espíritu y no parecía tener ganas de irse. La incertidumbre por el mañana próximo era asfixiante.
Por fin llegó el día y con ello el inicio de la rutina cotidiana. Como cada mañana antes de salir de casa, me acerqué a darte un beso mientra permanecías en la cama dormido. Huelga decir que lo hice con temor y prisa. No había acabado de incorporarme cuando una mano fuerte y masculina sujetó mi brazo y me jaló hacia tí para posteriormente envolverme en un abrazo. Me recordaste esas escenas de las películas románticas en las que después de un malentendido entre los protagonistas, algo hace el héroe que produce un final feliz. Y ese fue el mío.
Recuerdo que lloré mucho en tu hombro, pero ninguno de los dos quiso hablar, el abrazo y las lágrimas fueron mucho más elocuentes. Yo quise decirte que lo sentía y tú sin duda me decías que a pesar de todo, tu amor por mí estaba intacto y así lo sentí.
Alivio y consuelo llenaron mi corazón.
Reconciliación
No estamos exentos de los problemas. Nada en la vida es un cuesta abajo o cuesta arriba absoluta. Es una "desarmoniosa" combinación de ambas, que a la vez le aporta belleza y pasión al vivir.
Descubriste mi secreto y yo supe cuando lo descubriste. Al principio sentí terror y angustia pero sabía que había llegado el momento de enfrentar mis miedos y asumir la responsabilidad de mis actos.
Y hablamos, largo y tendido. Cada cual exponiendo lo que en ese momento sentía el corazón: sorpresa, rabia, decepción, dolor, desconcierto, frustración y un largo etcétera de emociones.
La noche fue larga y el sueño no llegaba. Una profunda ansiedad se había anclado en mi espíritu y no parecía tener ganas de irse. La incertidumbre por el mañana próximo era asfixiante.
Por fin llegó el día y con ello el inicio de la rutina cotidiana. Como cada mañana antes de salir de casa, me acerqué a darte un beso mientra permanecías en la cama dormido. Huelga decir que lo hice con temor y prisa. No había acabado de incorporarme cuando una mano fuerte y masculina sujetó mi brazo y me jaló hacia tí para posteriormente envolverme en un abrazo. Me recordaste esas escenas de las películas románticas en las que después de un malentendido entre los protagonistas, algo hace el héroe que produce un final feliz. Y ese fue el mío.
Recuerdo que lloré mucho en tu hombro, pero ninguno de los dos quiso hablar, el abrazo y las lágrimas fueron mucho más elocuentes. Yo quise decirte que lo sentía y tú sin duda me decías que a pesar de todo, tu amor por mí estaba intacto y así lo sentí.
Alivio y consuelo llenaron mi corazón.

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